- Josep Maria Mestres dirige una versión dinámica y contemporánea del clásico de Lope, sostenida por el gran trabajo de Carolina Rubio y Joaquín Notario
La dama boba, comedia en tres actos en verso de Lope de Vega, publicada en 1617, cuenta la historia de Octavio, rico vecino de Madrid, y de sus dos hijas casaderas: Nise, sabionda y discreta, y Finea, tan necia en apariencia que, a sus veinte años, ni siquiera ha logrado aprender el alfabeto. La pobre boba ha sido prometida a un joven provinciano llamado Liseo; este pronto se siente decepcionado por la bobería de la joven y dirige su atención y cortejo hacia la hermana lista. A su vez, Laurencio, joven calculador y enamorado en secreto de Nise, cambia de intereses al descubrir que la supuesta boba disfruta de una dote superior; entonces piensa en sustituir al novio demasiado melindroso y se declara a la joven necia. Sin embargo, allí donde fracasan padres y maestros, triunfa Cupido: el amor transforma a Finea, que adquiere de improviso una lucidez inesperada y acaba desbaratando los planes de cuantos pretendían utilizarla. Liceo, en vista del cambio y pensando en los ducados de la dote, quiere volver a su noviazgo con Finea; pero esta, sintiéndose más boba que antes, desbarata la maniobra. Como corresponde a la mejor tradición de la comedia áurea, la trama concluye con matrimonios, equívocos resueltos y la feliz imitación de los amores de los señores por parte de los criados.
La comedia gira alrededor de la figura de Finea, divertida y singular, si bien se halla más de acuerdo con la lógica espectacular que con la vida. Con la transformación de Finea en dama discreta gracias al poder educativo del amor, Lope articula una reflexión sobre la inteligencia, la educación, los prejuicios y la libertad personal que trasciende el mero enredo amoroso. Bajo la ligereza cómica late una pregunta de plena vigencia: hasta qué punto asumimos el papel que nos asignan los demás y hasta qué punto somos capaces de reinventarnos.
La obra se presenta con unos insertos musicales y bailables de ritmo alocado y estridente que rompen en exceso con el desarrollo de la trama y no se integran en ella de forma armónica; sin embargo, en esta versión actualizada hay que verlo como un recurso espectacular acompañado de luz y sonido; suponen un choque más que un aporte estético al conjunto de la obra.
Mestres demuestra con su trabajo su profundo conocimiento de la escena clásica. Su dirección encuentra el equilibrio entre el respeto al verso y la fluidez dramática en una concepción muy dinámica de toda la dramaturgia, incluidas las transiciones con música y coreografías que, por momentos, parece sumir a los actores y al público en una fiesta rave. En el desarrollo de la acción todo parece discurrir con naturalidad: las entradas y salidas, los cambios de alianzas amorosas, los juegos de celos y los inevitables equívocos que sostienen la maquinaria de la comedia. El espectáculo posee ritmo, mucho ritmo, alegría y una saludable voluntad de comunicación. Nunca cae en la solemnidad, más bien al contrario, convierte a Lope en un contemporáneo sin despojarlo de su idioma ni de su música verbal, aunque dotándolo de un desparpajo que funciona bien incluso en lo humorístico. La función avanza sin decaer desde la jácara inicial con una energía contagiosa que mantiene constantemente vivo el interés del público, y no solo el interés, sino la sonrisa.
Buena parte del éxito descansa en un reparto muy cohesionado. Carolina Rubio compone una Finea admirable, con una excelente interpretación de la bobez que la aleja de cualquier caricatura. Su trabajo resulta especialmente meritorio porque debe recorrer un camino complejo y tiene que mantener un registro de voz y gesto no fácil de sostener a lo largo de las dos horas de representación. Esos saltos en bucle, de una ingenuidad casi infantil hasta alcanzar una discreción nacida del descubrimiento amoroso, y del despertar intelectual y la vuelta a mostrarse boba son fruto de un trabajo profesional muy maduro. La actriz resuelve esas transformaciones con gracia, frescura y una notoria claridad y precisión en el manejo del verso. Incluso su vestuario hace de este personaje la singularidad de un contraste en un contexto.
La columna vertebral de la representación, junto a la dama, es Joaquín Notario. Su Octavio posee autoridad, humanidad y una irresistible vis cómica. Desde su primera aparición domina la escena con esa rara capacidad que tienen algunos actores como él para hacer que el público escuche incluso antes de hablar. Su dicción es ejemplar; cada verso llega limpio, cargado de intención y de sentido. Notario no interpreta únicamente a un padre preocupado por casar a sus hijas: encarna una visión del mundo que observa, incrédula, cómo se derrumban las certezas sobre las que había construido su realidad. Hay en su trabajo una admirable economía de medios y una sabiduría teatral que convierte cada gesto, cada silencio y cada inflexión en material dramático de primer orden. Su presencia prestigia la función y recuerda por qué sigue siendo uno de los grandes referentes de la escena española contemporánea. Notario estuvo en el mejor Notario que hemos conocido en la Compañía Nacional de Teatro Clásico.
Mención especial merece también el trabajo de Pepa Pedroche como maestra de verso. Gracias a esa labor, el texto fluye con claridad y naturalidad. Los actores hablan en verso sin recitarlo en sonsonete y dándole mucho protagonismo al ritmo sintáctico de la frase más que a la pausa final de verso. Esta forma de decir permite que el espectador reciba el pensamiento antes que la forma, que es precisamente una de las mayores victorias posibles en la representación de los textos en verso del teatro clásico.
La propuesta visual contribuye decisivamente a la personalidad del montaje. La escenografía de la argentina Clara Notari apuesta por la estilización funcional antes que por la reconstrucción histórica. Los espacios sobre tonos verdes se sugieren más que se describen y permiten que la acción avance con agilidad. La solución escénica no interfiere, facilita, y funciona como un territorio de juego donde los personajes pueden entrar y salir, enamorarse, engañarse y transformarse sin que el ritmo se resienta.
El vestuario de Gabriela Salaverri participa de la misma filosofía. La combinación de elementos históricos y contemporáneos crea una estética ecléctica, discordante y desprejuiciada que dialoga con el espíritu lúdico de la propuesta. No se trata de situar la acción en una época concreta, sino de subrayar la vigencia de los conflictos. Desde luego ha optado por unos figurines de contrastes, desiguales en su diseño, desde el vestido suntuoso palabra de honor de Nise al tutú Rosa de Finea.
La iluminación de Juanjo Llorens, siempre precisa y expresiva, bella, con predominio del color rojo de fondo de gran vistosidad, modela los distintos estados de la función con elegancia. Sabe acompañar los momentos más festivos y cómicos sin renunciar a la creación de atmósferas casi discotequeras en momentos determinados, sobre todo cuando las coreografías o la música en directo toma más protagonismo. Su trabajo aporta profundidad y relieve a una puesta en escena construida sobre la movilidad y la ligereza.
Igual de relevante es la música original de Alberto Granados, integrada orgánicamente en la dramaturgia. Lejos de ser un mero acompañamiento, contribuye al carácter festivo de la representación y establece puentes entre la sensibilidad barroca y el oído contemporáneo. Las intervenciones musicales aportan dinamismo, color y una energía que refuerza la vocación popular de la comedia, si bien su trabajo como vocalista no da el resultado esperado, pues lo que canta es ininteligible y la propia voz no resulta nada agradable al oído.
Cuatro siglos después de haber sido escrita, La dama boba sigue demostrando su capacidad para entretener y para hacer pensar. Esta versión entiende que el verdadero clasicismo no consiste en conservar las cenizas, sino en mantener vivo el fuego. El resultado es un espectáculo luminoso, inteligente y profundamente teatral que permite ver a un Lope de Vega con otra cara, pero siempre dejando sobre las tablas su extraordinario conocimiento de las pasiones humanas.
Y, al final, Finea no deja de ser una reivindicación de la mujer que conquista su propia voz y rompe el papel que otros habían escrito para ella y deja en el aire el pensamiento de que acaso todos llevemos dentro una dama boba esperando la ocasión de despertar.
Ficha técnica de la obra
Título: La dama boba. Autor: Lope de Vega. Versión: Xus de la Cruz. Compañía: Octubre Producciones y Clásicos de Alcalá. Dirección: José Maria Mestres. Intérpretes: Joaquín Notario, Carolina Rubio, Silvana Navas, Carlos Serrano, Pablo. Béjar, Markos Marín, Concha Delgado, Víctor de la Fuente y Alberto Granados. Música original: Alberto Granados. Maestra de verso: Pepa Pedroche. Escenografía: Clara Notari. Vestuario: Gabriela Salaverri. Iluminación: Juanjo Llorens. Escenario: Teatro de Rojas.

