Por Fernando Muñoz Jaen (vistateatral.com)
Llega a Nave 10 Matadero uno de los montajes más esperados de la temporada (al menos para el que suscribe estas líneas). Alberto Conejero nos presenta su nuevo texto, en esta ocasión dirigida por la talentosa María Goiricelaya, una historia sobre la pérdida, la familia y la búsqueda de la identidad. Una pieza colosal, en la que conoceremos a una familia que intenta encajar las piezas de su propia existencia tras la muerte de una madre que huyó a Ítaca hace demasiado tiempo. Es el momento de que sus hijas busquen su lugar en el mundo, lo que les llevó a distanciarse de ella y las empujó a unas vidas no deseadas. Una soberbia propuesta que entrelaza con maestría la comedia y el drama. Una pareja, la de estos dos creadores, que ha conseguido un complejo artefacto escénico desde la sencillez de la verdad y la honestidad. 
Salimos de la sala con los ojos aún vidriosos, emocionados por la sacudida que acabamos de recibir. Escuché al gran Alberto Conejero, autor de este precioso texto, que le gustaría que los espectadores salieran de la función con ganas de llamar a sus madres para saber de ellas, decirles lo importantes que son para nosotros, o simplemente para escuchar su voz. Es inevitable que no te asalte ese pensamiento al salir de la Nave 10 de Matadero, al ver esta fabulosa propuesta en la que se ensalza la figura de la madre al mismo tiempo que se reivindica el valor de querer ser libre, de escapar de las ataduras para poder disfrutar de la vida que cada una haya elegido, sin mirar atrás, aunque los recuerdos no de abandonen en ningún momento. Como era de esperar, llame a mi madre al salir de la función.
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