Tres noches en Ítaca – Crítica 2026

12/02/2026

Por Lucas Ferreira (enplatea.com)

Nave 10 Matadero de Madrid nos propone pasar Tres noches en Ítaca. Una estancia escrita por Alberto Conejero y dirigida por María Goiricelaya, en la que Cecilia FreireMarta Nieto y Amaia Lizarralde interpretan a tres hermanas que se reencuentran para enterrar a su madre.

Tres noches en Ítaca cuenta la historia de tres mujeres que, tras años sin encontrarse, acuden a la isla griega de Ítaca para hacerse cargo del cuerpo de su madre, Alicia, una profesora de griego que, veinte años atrás, decidió abandonar su hogar y familia para instalarse en ese enclave mítico y alejado. A partir de ese punto de partida, el texto de Alberto Conejero plantea una triple visión del vínculo filial: cómo se construye, cómo se interpreta y cómo se reconstruye cuando dejamos de idealizarlo para reconocerlo en su complejidad. Penélope, Ariadna y Elena, cuyos nombres remiten directamente al imaginario clásico, navegan durante tres noches entre la tragedia de la ausencia, el melodrama de los desencuentros y la sonrisa vital del humor.

La pieza nos habla también de nuestro tiempo. Cada una de las hermanas trae a escena no solo su historia personal, sino también sus contradicciones y confrontan expectativas sociales, deseos incumplidos y la emergencia de identidades que sienten, a veces, ajenas a sus propios orígenes. En este terreno, Conejero ofrece una lectura positiva de las humanidades -la palabra y la literatura, la historia y la memoria- frente a su desvalorización en la educación y la sociedad actual. Su valía demostrada como dramaturgo, consolidado por obras como La piedra oscura (Premio Max al Mejor Autor Teatral), La geometría del trigo (Premio Nacional de Literatura Dramática) o Los días de la nieve, se siente en cada línea, en su capacidad para fundir lo personal con lo universal y para vestir con poesía cuestiones que a menudo consideramos demasiado íntimas para ser compartidas.

En manos de María Goiricelaya, directora reputada por su sensibilidad y rigor —conocida por proyectos como Yerma (Premio Max a Mejor Adaptación) o Altsasu—, el texto adquiere un pulso escénico propio sin traicionar su literalidad. Goiricelaya integra las acotaciones del autor haciendo de sus actrices narradoras activas. La escenografía, diseñada por Pablo Chaves, construye un universo de hogar, mar y monte que evoca esa Ítaca simbólica, un lugar geográfico y afectivo, frontera entre lo que fuimos y lo que todavía podemos ser. Este cuidado visual y sonoro, iluminación de David Alcorta y espacio sonoro de Luis Miguel Cobo, contribuye a que la isla se sienta siempre presente, no como un telón de fondo ilustrativo, sino como un personaje silencioso que acompaña la transición emocional de las hermanas.

Más allá de actuaciones individuales, Cecilia FreireMarta Nieto Amaia Lizarralde, forman un único cuerpo interpretativo. La química entre ellas, la atención a los matices y la receptividad escénica en cada uno de los duelos a dos o triangulares construyen un tejido relacional que respira con la misma vitalidad que el texto. Y, sin embargo, cada intérprete mantiene la singularidad de su personaje. La contención prudente, la impulsividad contenida o la curiosidad espontánea encuentran su propia voz sin desentonar con el conjunto.

Tres noches en Ítaca es una buena muestra de cómo el teatro, escrito y escenificado, puede convertirse en una forma de abrazo y acompañamiento. Aborda temas hondos —el duelo, la memoria, la identidad, la ausencia— con una cercanía que los hace accesibles sin desfigurarlos, y explora con valentía la destrucción de la cuarta pared y el recurso metateatral de introducir al autor como puente emocional entre quienes asistimos al teatro y aquellos que nos formaron y nos abrieron puertas en nuestra juventud. Un lugar en el que interrogarnos, reconciliarnos y mirar al futuro con esperanza.