Por Javier Vallejo (elpais.com/babelia)

Mentir o no mentir, he ahí el dilema. La verdad es el motor del Hamlet shakespeariano y de la calderoniana La vida es sueño, tragedias para educación de príncipes, pero también lo es de farsas populares como Arlequín servidor de dos amos, de Goldoni, y El arte de la comedia, del incisivo Eduardo de Filippo. Florian Zeller, autor de dramas tan ambiciosos como El padre, que él mismo rodó para que Anthony Hopkins se llevara un óscar, también ha compuesto comedias ligeras y burbujeantes como La verdad, estrenada en el Teatro Infanta Isabel, de Madrid, con Joaquín Reyes encabezando el cartel.
Es esta una comedia de cama y tresillo, un vodevil de ideas en el que las llamadas telefónicas que Miguel y Alicia reciben en el hotel donde traicionan a sus parejas dan el mismo juego que las entradas y salidas precipitadas de cónyuges y amantes en el clásico vodevil de puertas. El amor entre los dos camaradas y sus mujeres es una mentira permanente, funcional para su ecosistema amistoso, pero es también una metáfora de ese campo minado de engaños tácticos y estratégicos que es el curso de la vida.
El personaje central, dibujado por el autor francés vivo más representado a la medida de Pierre Arditi, gran histrión, encuentra en Joaquín Reyes un médium propicio, en el que fluyen discrecionalmente el despiste, la desatención, la volubilidad y el narcisismo supinos: el centro de atención de Miguel oscila entre su ombligo y un poquito más abajo. Laura, su esposa, reúne flema, temple, socarronería y una eficaz mirada oblicua en la interpretación de Natalie Pinot, pero, ¿quién podría decirle que no a la encantadora y persuasiva amante que encarna Alicia Rubio? El Pablo de Raúl Jiménez es la esfinge que plantea un enigma.
