Por José-Miguel Vila (diariocritico.com)
Alberto conejero escribe y María Goiricelaya dirige ‘Tres noches en Ítaca’, una tragicomedia en la que tres hijas de una profesora de griego se trasladan hasta la isla griega de Ítaca después de conocer el súbito fallecimiento de su madre, autoexiliada allí desde hace veinte años tras abandonar a su familia y huir hasta esa lejana isla griega desde Madrid buscando alejarse definitivamente de una realidad personal insoportable que sus hijas no acabarán de entender hasta el mismo día de su entierro. El delicado y fascinante montaje puede verse en Naves del Matadero hasta el 8 de marzo.
A veces sólo tres noches bastan para desvelar las últimas raíces de una decisión que nadie acaba de entender. menos aún las hijas de Alicia, una profesora de griego en un instituto de un barrio periférico madrileño que un buen día decide abandonar su familia, su trabajo, su vida ordenada y aparentemente cómoda. Ariadna, Penélope y Elena -encarnadas respectivamente por las estupendas Marta Nieto, Amaia Lizarralde y Cecilia Freire—, en medio de ese forzado encuentro y, al mismo tiempo, de los profundos desencuentros surgidos entre ellas después de varios lustros, acabarán conociendo de verdad a Alicia y, al tiempo, descubriéndose a sí mismas.
¿Qué significa la familia para el desarrollo del indivíduo?, ¿cómo ser uno mismo sin traicionarse? Es súmamente difícil conocer los profundos embrollos que muchas veces surgen en el seno familiar que conducen a un laberinto de sentimientos contradictorios, a veces casi imposible de desenmarañar incluso para los propios miembros del clan familiar.
Con la sombra de Homero sobre las cuatro vidas que un día se dan cita en Ítaca, y en medio del Mare Nostrum y los líos consulares y administrativos para expatriar el cuerpo de una madre, surgen allí el duelo, las heridas, los recuerdos, las contradicciones, el dolor, la incomprensión, pero también el perdón, el descubrimiento, la sorpresa y la luz para poder continuar viviendo sin acusaciones, sin culpas, sin reproches mútuos...
Pablo Chaves ha diseñado una hermosa escenografía (un salón central con un inmenso cristal que da al mar, una terraza de ensueño y las puertas que dan acceso al comedor, al aseo, a la cocina…, y hasta siete cabras con nombre también griego que cuida y pastorea Alicia), y el moderno vestuario de las tres hermanas. David Alcorta diseña la luz íntima y acogedora que envuelve el universo personal de la madre que acaba de fallecer. Luis Miguel Cobo enmarca la historia con una música original y un espacio sonoro con reminiscencias griegas. Estudio Gheada aporta el diseño audiovisual de la pieza, y Eider Zaballa completa el equipo desde la ayudantía de dirección.
Acertada decisión de María Goiricelaya al anotar (sobre todo al principio de la pieza), a través de las acotaciones del autor todo el ambiente que rodea a ese modesto cubículo pintado de blanco que habitaba Alicia y que ahora van descubriendo o redescubriendo sus tres hijas. Y sorprendente y divertido ese juego teatral que ha introducido también Conejero en la pieza al poner en boca de una de las hermanas su propio nombre para jugar con la autoría, o bromear con el hecho de que si la madre hubiese dejado en el testamento que la casa en herencia no fuera para Ariadna, este habría acabado siendo otro montaje…
La propuesta está llena de delicadeza, de reflexiones íntimas, de agradecimiento a la que un día fue profesora de griego de Alberto Conejero, de invitación al silencio, a la escucha, a no juzgar por las apariencias y a no huir artificialmente del dolor y de las lágrimas porque esos son itinerarios ineludibles en toda vida humana. Imprescindible.




