Entrevista Juan Carlos Pérez de la Fuente: «Mi padre me dio de hostias cuando le conté que dejaba el Banco de España para hacer teatro»

29/01/2026

Juan Carlos Pérez de la Fuente, director del Teatro Fernán Gómez, nos conduce por el Banco de España donde con …

El jardín de los cerezos de Chéjov, dirigido por Juan Carlos Pérez de la Fuente, en la versión de Ignacio García May

  • Juan Carlos Pérez de la Fuente, director del Teatro Fernán Gómez, nos conduce por el Banco de España donde con 15 años fue ascensorista del Gobernador

Entre la plaza de Cibeles y la de Colón hay apenas un kilómetro de distancia, pero esos dos puntos marcan, respectivamente, el inicio laboral y la ubicación actual de Juan Carlos Pérez de la Fuente (Talamanca de Jarama, 1959), un hombre que ha dado todo por el teatro. Con él hemos repasado los momentos fundamentales de ese periplo vital, las personas que le han acompañado y sus reflexiones sobre este arte. Nuestro encuentro tuvo lugar en el Banco de España, donde un jovencito Pérez de la Fuente ejerció su primer trabajo como ascensorista del Gobernador de la entidad. En más de una ocasión, se escapaba corriendo hacia el Centro Cultural de la Villa, donde acometía sus primeros montajes escénicos. Allí ocupa hoy el despacho de dirección del Teatro Fernán Gómez.

Sostiene que nunca quiso ser actor, pero la conversación está repleta de anécdotas vivencias que recrea con efusividad. Es un trabajador nato, un hombre íntegro al que no se puede domeñar, una mirada aguda e imprescindible sobre las particularidades de nuestro país y sus gentes. Ante todo es un director de teatro, fundamental en las últimas décadas.

¿Cómo fue su llegada a la Escuela de Arte Dramático?

En la Escuela de Arte Dramático de Madrid no se estudiaba dirección escénica. Yo no quería ser actor y cuando me presenté así lo reconocí, lo que generó un conflicto. Me presenté ante Ángel Gutiérrez, al que llamaban el ruso, y dije que trabajaba en el Banco de España. Me llamó lo que no está escrito: que era un asqueroso capitalista y que no podía haber arte en un capitalista. Yo me marché llorando y decidí presentarme de nuevo al cabo de un tiempo. Me dejé la barba por si volvía a encontrarme con Gutiérrez, pero me tocó Alberto González Vergel, que era uno de los grandes de Televisión Española. Aquel hombre ni me miraba. Recité una poesía de Cernuda que acababa con un ¡Dame un beso!, y él me gritó "¡Pare, pare, es usted un provocador!". Bueno, pues entré. Al final acabé siendo su ayudante de dirección y me tenía mucho aprecio, pero me decía que yo era un blando y no tenía carácter.

En el año 81 llega el Guernica a España tras el intento de Golpe de Estado. Es el momento en el que yo abro una compañía de teatro en Talamanca, en mi pueblo, y quiero hacer Guernica, de Jerónimo López Mozo, un hombre muy de izquierdas. Bajó el sargento de la Guardia Civil a hablar con mi padre y le dijo "a ver, Dionisio, vosotros nunca os habéis metido en política. ¡Coño, dile a tu hijo que no haga eso, que van a venir los de Fuerza Nueva!". Éramos unos locos porque imagínate que pasa cualquier cosa. Allí había muchos menores. La aventura del teatro empieza con Guernica.

¿Es usted un director de actores, fundamentalmente? 

En la escuela había aprendido todas las corrientes, vale, ¿pero cómo quieres que diga "dame los cinco euros que me debes"? La gente quiere que la dirijas y el actor tiene que ser cómplice tuyo. Tienes que ganártelo, sea el que sea.  Fíjate qué reparto he tenido que manejar: Nati Mistral, Amparo Rivelles, Vicente Parra y Carmen Conesa. A Nati Mistral le gustaba hablar de manera ampulosa y yo le decía "menos, menos, menos…". Un día ya no pudo más y creo que venía a darme una hostia. Fue durísimo porque pensé que el que sobraba era yo. Creo que el teatro no es un acto intelectual. Si yo antes no paso por mis adentros para buscar las emociones, no puedo encontrar exactamente lo que quiero de un personaje. Cuando lo he logrado, entonces me pongo con los actores y las actrices a trabajar. Soy una borrasca en medio del escenario.

Paco Nieva resultó crucial en su carrera.


De las derivaciones de Valle-Inclán aparece Paco Nieva. Podría decirse que fue su heredero. Es una mirada más lúdica, menos social sobre España, desde la atalaya del París de las vanguardias. Yo fui alumno de Paco Nieva y un día, bajando las escaleras de la Escuela de Arte Dramático, le dije: "Tardaré más o tardaré menos, pero un día dirigiré un teatro público y haré Pelo de Tormenta". A él le dio la risa, pero ocho años después le llamé desde el Ministerio de Cultura y se quedó a cuadros. Acababa de firmar como director del Centro Dramático Nacional y la iba a dirigir. Una obra que no conocía nadie, muy irreverente. El PP había llegado al poder y Esperanza Aguirre era la ministra de Cultura, pero nadie me dijo nada. La regla de tres simple no funciona aquí. Llega el Partido Popular y ¿qué se va a hacer, a Pemán? ¡¿Estamos tontos?! Ahí empieza a construirse un Juan Carlos que ha hecho lo que ha querido en cada momento. Hay un antes y un después de Pelo de tormenta.

¿Qué le atrajo del Teatro Fernán Gómez para asumir su dirección?

Este teatro es único. Es el primer teatro hecho en democracia y va a celebrar el 50 aniversario en 2027. Un teatro subterráneo, que tiene algo de arquitectura brutalista. Lo que le falta al escenario es sacar la caja escénica a la plaza. Eso haría que esto fuera perfecto. Marta Rivera de la Cruz me pidió hacer el repertorio del siglo XIX y XX, que era lo que yo siempre quise hacer aquí porque el repertorio se pierde en España. El ejemplo lo tenemos este año, recuperando El trovador de García Gutiérrez, en el que se basa la ópera de Giuseppe Verdi. He venido a eso y eso me pone, ¡pero qué triste es España, que deja a sus hijos en la cuneta! Siempre he tenido la corazonada, aunque no lo he verbalizado como ahora, de que aquí podría cerrar mi vida, en el sitio donde empezó mi aventura del teatro.

Además, está consiguiendo ganarse un público fiel.

Estoy feliz porque trato de armar la revolución allá por donde voy. Soy difícil para los políticos, posiblemente, pero soy leal a más no poder. Me gustan los teatros muy vivos. Además, el Fernán Gómez tiene una localización exquisita, en la Plaza del Descubrimiento, y no olvidemos que España lleva el teatro a América con ese descubrimiento. Quiero a los jóvenes porque sin ellos no hay futuro. El problema de esta casa es que no es una unidad de producción pura. No tengo dinero para hacer producciones propias, como ocurre en el Centro Dramático Nacional. Tienes que salir a ver qué hay en el mercado y con eso hacer un discurso.

¿Quizás en el extranjero se valore más nuestro patrimonio teatral?

Cenando en el Reino Unido con el director de la Royal Shakespeare Company, me decía "¿pero qué os pasa a los españoles? Nosotros tenemos a Shakespeare pero lo vuestro es todo un siglo, el Siglo de Oro". He estado en la Volksbühne de Berlín con La vida sueño o en el Piccolo teatro de Milán y se reverencia al teatro español. Somos la gran potencia mundial del teatro, pero no acabamos de creérnoslo.

Y ahora se dispone a dirigir El jardín de los cerezos, de Chejov.

Es el momento de montar Chejov. Mi padre participó en la película Doctor Zhivago como figuración. El gobierno de la URSS no permitió rodar allí esa película y se hizo en Soria, porque Rusia y España tienen muchas cosas en común, y el pueblo ruso no tiene la culpa de que tengan esa panda de gobernantes. Chejov era un visionario. En 1903 escribe El jardín de los cerezos y anticipa que va a llegar el turismo y todo se va a parcelar; que donde haya un hombre va a estar el capitalismo puro y duro.

Recuperar La señorita de Trevélez, el año pasado, ¿quería también ser una reivindicación de un tiempo diferente? 

Cuando se estrena La señorita de Trevélez, en 1916, no hay una guerra ni se la espera. Todos los creadores convivían con normalidad. Es un acontecimiento teatral del cual participan Max Aub y Lorca, por ejemplo, y de ahí saca Federico Doña Rosita la soltera. Luego la guerra lo cambió todo y quedó una España rota, dividida. Así seguimos.

Parece que estamos desandando lo andado.

Cada vez más. Los que tenemos una edad, y yo tengo 67 años, vivimos la llegada de Carrillo y de Pasionaria con emoción. Aquello existió y el papel del rey Juan Carlos fue fundamental. Cuando le pregunté a Buero Vallejo cómo se imaginaba su vuelta al María Guerrero, me dijo que con los reyes, y ahí estuvieron. Todo aquello uno tiene la sensación de que, por unas cosas o por otras, ha desaparecido ¡pero que no nos diga ningún político que no existió! Siendo el pueblo absolutamente consciente de que salíamos de una dictadura y de una guerra civil. Benito Pérez Galdós era amigo de Pablo Iglesias y de Pereda. ¿Tan difícil es respetar? ¿Por qué utilizamos la política para destruir?

¿No tenemos remedio?


Tenemos un problema con lo nuestro, con nuestra identidad. España contra España. Hay una carta impresionante en el Palacio Real de Madrid, entre los hermanos José y Napoleón Bonaparte. Le dice José, "sácame de aquí, que ni me entienden ni les entiendo", y Napoleón, que no quería que se moviera de España con su afán expansionista, le responde, "de los españoles no te preocupes que entre ellos mismos se matan". Esa es la clave. El español odia al español. Es un tema muy básico de envidias, miserias, pero no hasta el punto de que perjudiquemos a nuestra literatura. Cuando yo llego al Centro Dramático Nacional, Buero Vallejo llevaba 35 años sin pisar el Teatro María Guerrero. Ahí pasaba algo. Si no te gusta el teatro español no dirijas un teatro público.

Ha citado a Max Aub que es una de sus referencias intelectuales, una figura que desconcertó políticamente a muchos.

Un hombre que escribió tanto y tan distinto, fundamentalmente porque no estrenaba. Mira, yo le puse el nombre de Max Aub a una sala de Matadero cuando dirigía el Teatro Español. Un día me llama llorando Elena Aub, su hija, porque estaba viendo a unos operarios con un soplete retirando el nombre de la sala. Llamé a Juan Cruz y contactamos con Manuela Carmena, que era la alcaldesa. Estaban poniendo su nombre a una callejuela perdida, para quitarlo de Matadero. O sea, ¿habían llegado estos señores de izquierdas para quitar a Max Aub? Arrabal, que tenía otra sala con su nombre, decía "quítenmelo a mí y dejen el de Max Aub". Eso es España.

Otro nombre fundamental: Fernando Arrabal.

Conozco mucho su teatro y es el último vanguardista. Yo hice uno de sus mejores textos, Carta de amor, con María Jesús Valdés, y creo que habría que repetirlo ahora porque es otra mirada sobre la España rota. Arrabal tiene 93 años y es español hasta la médula, pero el día que fallezca en París veremos su coche fúnebre en los Campos Elíseos con dos banderas, la de Francia y la de España. A nivel dramatúrgico siento pena, porque debería ser académico. Fue el primero que dijo que Cervantes era homosexual, y luego ha llegado el otro y fíjate la que se ha liado... Otra vez España maltratando a sus hijos. Hasta a Valle-Inclán lo hemos maltratado. ¿Dónde están las Comedias bárbaras? ¿Nunca vamos a rematar ninguna faena? Son todo parches y normalizar el teatro en España es llorar.

¿Qué demanda del panorama teatral actual?

A los directores jóvenes les pido que tomen los centros públicos. Se corre mucho más riesgo con los autores españoles porque te vas a lucir más con Shakespeare, Ibsen, Chejov… pero ese es nuestro problema. Tenemos una imagen nuestra terrible. Hay que mirar a la comedia, porque aquí caben todos: Jardiel, Mihura… Aprovechando el centenario de la Generación del 27, estoy encandilando a los productores para que hagan algo de ese repertorio. El teatro hoy en día se está alimentando de la novela: en el Fernán Gómez hicimos La Regenta hace poco; La barraca se representará en unos meses y, la próxima temporada, esto es una sorpresa, vamos a hacer La colmena. El escenario está sediento de historias españolas y la gente responde. Tenemos el campo abierto.

Quiero volver a ese chaval de Talamanca para saber qué le impulsó a meterse en el mundo del teatro.

Yo tenía fe en que iba a pasar algo. A los chicos de Talamanca les dije que iba a dirigir un teatro, mucho antes de estudiar arte dramático. Yo mismo me asusto ahora. El día que conté en mi casa que dejaba el Banco España, te puedes imaginar la que se lió. Mi madre se había dejado la piel fregando y mi padre cavando. En aquella España rural, mi padre hizo lo que tenía que hacer: darme unas cuantas hostias. "¡Si por lo menos fueras actor, pero ni siquiera te van a ver! ¡Estás mal de la cabeza, lo has estado siempre!", me decía. Y posiblemente sea cierto, pero yo le aseguré que lo iba a hacer. Mi abuela me decía "vas a sufrir mucho, hijo, porque tú quieres ser otra cosa y no te lo van a perdonar".

¿La vida en los pueblos era muy estricta?

Una mañana mi abuela me dijo que como era día de matanza no hacía falta que fuera a la escuela, pero a mi padre le cogería torcido y me dio una paliza que me llevó a clase a hostias. Durante muchos años, sirvió como ejemplo en el pueblo: "tenías que hacer lo mismo que hizo Dionisio con Juan Carlos", se decía. Sin embargo, guardo el mejor recuerdo de mi padre. Parece que es hoy mismo el día que los reyes Juan Carlos y Sofía me dieron la Medalla de Oro de las Bellas Artes, y el Rey le dijo a mi padre "estará muy orgulloso de su hijo", y yo le dije a mi padre "dile las hostias que me has dado" (se hace un silencio de emoción). Posiblemente yo hubiera hecho igual. Si tuviera un hijo y me dijera que se quiere dedicar al teatro, trataría de seducirle para que no lo hiciera, porque esta profesión es muy dura. No tienes nunca nada conseguido, estás siempre exponiéndote.

La intensidad que se vive dirigiendo debe ser inigualable.

Hay algo inquietante en el escenario. Te conviertes casi en Dios. Creas la luz, el movimiento… ¿He sido feliz? Sí. En algunos momentos de ensayo el mundo se para. Cuando empiezas a conectar, después de pasarlo por ti mismo, eso es la leche. Yo me pasó aquí noches enteras y los vigilantes me vienen a decir "perdone, son las tres de la mañana… ¿qué hace usted ahí sentado?". "Hablando con el escenario", les respondo. Me casé con el teatro y por eso creo que el teatro es una forma de vivir la vida. Que a un ser humano le manipules para llevarle hacia territorios de bondad o de odio… ¡Cuidado! Entonces comprendes dónde están algunos políticos. Te das cuenta de que están transitando por lugares muy peligrosos y la democracia es muy débil. En la vida somos libres para elegir entre el bien o el mal y es nuestra libertad máxima, pero luego hay que ser responsable con lo que has elegido. A estas alturas, creo que la verdadera revolución por hacer es la del amor.

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